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Oscar Amaya Armijo
En cierta ocasión, Umberto Ecco manifestó que la Semiótica era una teoría de la mentira, por que un lenguaje que no sirve para mentir no sirve para decir la verdad. Al principio, así de repente, sin un análisis previo, se rechaza esa aseveración, pero luego se comprueba la veracidad de este planteamiento.
En verdad, el lenguaje (Yuri Lodman; 1973) es un instrumento modelizante primario de la realidad, inventado por el hombre. Un código para modelizarla. El lenguaje no es un hecho natural, es humano, por tanto una argucia para interpretarla, también. Desde este ángulo, el lenguaje, entonces, es una especie de metáfora para trasponer la realidad en otra representada por signos. Con el lenguaje se reinventa la realidad, se humaniza.
El lenguaje es una de las más preciosas y precisas mentiras, producida por la humanidad. Con el lenguaje, sobretodo con el escrito, se han plasmado las páginas más sublimes de la literatura, pero también, con él, se han esgrimido mentiras terribles en detrimentro de la humanidad.
Mario Vargas Llosa, escritor e ideólogo burgués, ha dicho que la realidad en manos de un escritor es una mentira. En este caso, es difícil compartir tal criterio, porque entre la realidad y la invención literaria existe el puente de la ficcionalidad, y la ficción al igual que la ciencia, son dos recursos del hombre para buscar la verdad.
La mentira (Durandin; 1983) es brindar a un interlocutor una visión de la realidad, distinta “de la que uno tiene por verdadera”. Y agrega: “la mentira se define, pues en relación con la verdad”.
Con la mentira, algunos manifiestan expresiones contrarias a lo que se sabe, cree o piensa; es decir, con ella se induce al error deliberadamente, de tal manera que los receptores adopten una conducta errónea frente a un fenómeno de la realidad natural, social y del pensamiento. Se puede manipular la apariencia para ocultar la esencia de los fenómenos.
Según los teóricos marxistas, en una sociedad dividida en clases sociales antagónicas como la nuestra, la verdad está puesta en duda, ya que es un concepto que no puede aplicarse en forma general, pues adquiere un carácter de clase. La verdad para un capitalista es la justificación ideológica, política y social de la propiedad privada sobre los medios fundamentales de producción, y del modo de vida burgués (las comodidades que genera la plusvalía; es decir, el robo del trabajo ajeno), inherente a este sistema de producir. Esta es la verdad que estos sectores aceptan y defienden, no importando los medios; otro planteamiento distinto, es una mentira.
En contrapartida, la verdad para las clases sociales desposeídas (propietarias solo de su fuerza de trabajo), es la justificación de la propiedad social sobre aquellos medios y destinar los excedentes de la producción al desarrollo humano equitativo, y deshacerse de su modo de vida, colindante con la miseria. Esta es su verdad.
El origen oscuro del capital hondureño
La pregunta, entonces, ¿Quién tiene la verdad en el sistema capitalista? O ¿quién miente? Hay una forma sencilla de saberlo: remitirse a la acumulación originaria del capital. ¿De dónde proceden los actuales capitales en boga en Honduras y con ello la acumulación de riqueza en pocas manos? ¿Surgieron del trabajo honrado y tesonero? ¿Cuáles fueron las formas o los mecanismos puestos en práctica para la acumulación de esa riqueza?
En el caso de Honduras, una vez derrotado Lempira por las huestes españolas, el proceso de acumulación originaria del capital, se inicia mediante un sangriento despojo de las tierras de la etnia lenca, obligándolos a refugiarse en las montañas hasta hoy día. A partir de entonces, los españoles organizaron formas de represión como la reducción de pueblos indígenas con todo y sus tierras o la encomienda, mecanismo mediante el cual se ofrecían a los indígenas y sus propiedades a la tutela de los capitanes y adelantados españoles, en premio por sus “hazañas”. Desde aquí se inicia una verdad, ligada a los colonizadores que justifica sus acciones en desmedro de la población indígena, apoyada por la iglesia católica, la que justificaba moralmente esta verdad, arguyendo que esas nuevas propiedades, Dios las tenía destinadas para aquellos hombres y sus herederos que habían venido desde lejos para evangelizar y salvar a los indígenas por la gracia divina. De esta manera, se esboza la primera mentira: enfatizar el origen divino de la propiedad privada.
Al igual que en otras latitudes, pues, la acumulación originaria nace destilando sangre (Marx; 1848). Esta verdad es inocultable, nadie puede argüir que es una mentira. En Honduras el capitalismo, también nació colmado de sangre.
Montadas estas bases, y sobre la ruina de aquellos pobladores hondureños, se erigió la gran propiedad terrateniente, con sus relaciones y secuelas de explotación como la medieria, el colonato y la aparcería, y que se mantienen hasta nuestro tiempo. Se inaugura el cacicazgo, el compadrazgo, en torno a las haciendas, como formas primarias de organización social y política, y con ellas el nacimiento de un incipiente estado que buscará mantener y ampliar este sistema, a costa de los campesinos, negros y mestizos. Por cambiar este modo de producción se provocaron las matanzas en siglo XIX, antes y durante la gesta morazanista, y luego tras su derrota: el gran carnaval sangriento de la represión.
Sobre la base de la reducción, la encomienda y la hacienda se erigirá, posteriormente, el capitalismo dependiente ligado al capital extranjero de origen norteamericano (Estados Unidos), mediante la instauración del enclave bananero, el que se afincó en Honduras desde finales del siglo XIX, inaugurando una era de sangrías y matanzas, corruptelas entre los partidos políticos tradicionales y lo que es peor aún, desarticulando el desarrollo autónomo de la economía y por tal razón, organizando un grupo de poder que más que clase social se instituyó como un grupo de mandaderos a los dictados imperiales hasta hoy día. Es un grupo corrupto, desnacionalizado y mezquino que no posee argumentos verdaderos para justificar sus tropelías en contra de las mayorías explotadas del país.
Asimismo, este grupo oligárquico, no sintió el menor rubor de aliarse con el capital norteamericano en contra de la rebelión de los obreros bananeros en 1954, arguyendo una mentira que también enarbolan en la actualidad: el espantajo del comunismo. Esta gesta, finalmente, obligó a estos grupos a ceder en sus posiciones y aceptaron implementar tibias reformas en las relaciones sociales, políticas, jurídicas, y económicas, durante el gobierno liberal de Ramón Villeda Morales.
Después de apoderarse de las mejores tierras del Litoral Atlántico, actualmente la mayor penetración de Estados Unidos desde la perspectiva político militar es el establecimiento de la Base en Palmerola, territorio hondureño que otro gobierno liberal, el liderado por Roberto Suazo Córdova, cedió en el centro de Honduras, supuestamente para combatir el narcotráfico, pero en realidad se utilizó para orquestar la gran represión mediante la aplicación de la terrible Política de Seguridad Nacional, en la década de los años ochentas. Era la época nefasta de la guerra fría, tiempo en el que se desarrolló, desde esa base, la guerra de baja intensidad contra los pueblos centroamericanos. Pero la verdad, es que ahora esta avanzada norteamericana, se convierte nuevamente en el lugar apropiado para conspirar contra los pueblos de América Latina y apuntalar sus intereses económicos y políticos en la región, en complicidad con los grupos locales de poder. Esta verdad también es inocultable; sin embargo, se miente cuando se esconde tras el eufemismo de “ayuda de buena voluntad”.
Sobre esta base de acumulación sanguinaria del capital aparece, además, el modo de vida burgués que con tanto afán defienden los sectores que actualmente controlan las tierras, las fábricas, los partidos políticos tradicionales, las telecomunicaciones, la televisión y la radio; los deportes, las iglesias de todas las denominaciones; en fin, son dueños del estado con todos sus órganos, incluidos el ejercito que les sirve de muro para contener, mediante la represión, la actual furia popular.
Con ese origen nadie duda de que en Honduras, los actuales capitalistas hayan obtenido sus riquezas mediante la expoliación, el robo del trabajo ajeno, el saqueo de las arcas estatales, los negocios sucios y el narcotráfico. Esta verdad nadie puede ocultarla, pese al dominio espiritual que estos sectores mantienen sobre los obreros, obreras, campesinos y el resto de la población pequeño burguesa, mediante el uso de los aparatos ideológicos (Althuser) como la educación, la iglesia y los medios de comunicación, desde donde tergiversan, escamotean y distorsionan la verdad emanada de la realidad económica social y política circundantes.
Libre empresa, libertad de prensa y religión
Estos sectores, al apoderarse de los aparatos ideológicos de represión, como los medios de comunicación, las iglesias y el sistema educativo, han venido desde allí moldeando el ser del hondureño sobre la base de la mentira, tergiversando la esencia de la realidad. Por ejemplo, desde las iglesias, se predica que las propiedades actuales deben respetarse por que son de origen divino. “Dios así nos hizo, a unos ricos y otros pobres y esa voluntad debe acatarse”, se dice desde los púlpitos católicos y evangélicos, y luego agregan cínicamente: “En verdad seremos ricos en la gloria del señor, cuando él nos acoja en su seno, pero aquí en la tierra respetemos la propiedad privada”. Para ellos, pues, la propiedad es sacrosanta y tocarla, para beneficio colectivo, es un pecado capital.
Este concepto de propiedad divina, en el sistema educativo, se inculca a través del concepto ambiguo de “libre empresa”; se enseña que en el capitalismo todos somos libres de montar una empresa, ocultando que esa libertad solo es válida para quienes desde aquella acumulación originaria del capital pueden hacerlo. En realidad, en Honduras existe la libre empresa para explotar el trabajo ajeno y enriquecerse inmoralmente y continuar reproduciendo las condiciones económicas, políticas sociales y culturales para conservar y ampliar la gran propiedad, en beneficio de sus dueños oligárquicos. Todo el currículo educativo está a su servicio para modelar el tipo de hombre que requiere esta sociedad: un ser alienado, egoísta e indiferente, y preparado exclusivamente para el consumo.
Otro papel importante en la configuración de la mentira sobre el “capitalismo hondureño” lo juegan los medios de comunicación social y su aspecto más dinámico: el periodismo. Estos medios, desde siempre, han venido abogando por la libertad de prensa, falacia que se desvirtúa, dado que la supuesta libertad de prensa no es más que la extensión burda de la libre empresa. Los capitalistas hondureños, además de ser las propietarios de los medios fundamentales de producción, lógicamente, también, son dueños de los grades medios de comunicación.
Al respecto (Taufic; 1987), sostiene que en la sociedad de clases se oculta el trasfondo de fuerzas e intereses que manipulan los factores de la comunicación, transfiriendo las aberraciones de tal forma de sociedad a su expresión por los canales masivos. Luego agrega: “No es que un millón de personas estén “alienadas por la televisión”, sino que están alienadas por el capitalismo; no es que la prensa sea el Cuarto Poder del Estado, sino que está al servicio de los poderes y es una de las formas concretas que asume su poderío”
En Honduras, entonces, todo la masiva red televisiva y radial de Televicentro, el complejo radial de Audio Video (Radio América) los periódicos La tribuna y el Heraldo, son medios que expresan los intereses económicos, ideales, gustos, sentimientos y emociones de la oligarquía burgués terrateniente. A los hondureños, desde estos centros de producción ideológica y política, se les moldea bajos los esquemas de vida de esos grupos. Se les paraliza o se les moviliza para apoyar esos intereses mezquinos. Todas las programaciones, desde los comics hasta los noticiarios, responden a aquellos intereses de clase. De aquí que muchos de los masivos comportamientos como la baja autoestima, el escaso amor a lo hondureño, el hombre silencioso y hosco, la indiferencia, el individualismo, el oportunismo rastrero, el hombre irreflexivo y hasta el rechazo a tímidos cambios en las estructuras económicas y políticas, se debe a la manipulación de estas programaciones. Esta es una manifestación de la antidemocracia en que vivimos. Verdad, también inocultable.
Pero el ejemplo más palpable de que los medios de comunicación son un aparato de dominio espiritual y de exclusión antidemocrática al servicio de las clases sociales dominantes, es el papel jugado antes, durante y después del golpe perpetrado contra el gobierno de Manuel Zelaya Rosales. Estos medios, ante las propuestas de tibias reformas realizadas, desataron una campaña de satanización de este gobierno desde sus inicios, ocultando, tergiversando o manipulando la información para ponerlo en entredicho ante los hondureños. Asimismo, levantaron una campaña anticomunista para paralizar a aquella pequeña burguesía carente de conciencia social, sin lectura y analfabeta funcional, y sumarla a sus propósitos golpistas.
Después del golpe han venido defendiendo, movilizando a esa pequeña burguesía, a los obreros pagados, guardaespaldas, liberales, nacionalistas y militares disfrazados de blanco, para crear la sensación de apoyo social. En cambio, han “invisibilizado” las marchas de los sectores populares que apoyan el Gobierno de Zelaya Rosales, minimizándolas, y negándole a sus miembros el derecho a informar y ser informados, y acusándolos de estar influidos por el comunismo ateo, el chavismo venezolano y, por esta causa, aupando la represión física e ideológica y otras prácticas propias de la guerra fría. Este cerco mediático es una burda lección de canibalismo informativo nunca antes visto, en parte alguna del planeta.
Nadie desconoce esta otra verdad: la clara adhesión del periodismo hondureño (los periodistas del cerco mediático) al furgón de la red imperialista de comunicación de los Estados Unidos. Toda la información tergiversadas y manipuladas que viene de ese centro metropolitano de poder es tomado como verdad por estos medios de comunicación hondureño. El estilo de redactar, sus tonos, ademanes, las formas de presentar noticias, los guiones de radio y televisión, también son adoptados por estos seudo comunicadores de los periodistas norteamericanos. Todo ello converge en un solo propósito: mantener las mentiras sobre las cuales se mantiene y conserva el capitalismo hondureño desde a perspectiva ideológica
Finalmente, de no ser por la red telefónica móvil organizada por el pueblo hondureña, el periodismo de la red informática, la marcha y el mitin público y los medios de comunicación que no apoyan el golpe, la movilización del pueblo hondureño sería nula y no se estaría viviendo la resistencia que hoy clama por la vuelta a la democracia participativa e incluyente.
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